Durante mucho tiempo me llegué a sentir como un barco abandonado en un astillero, un barco que con el tiempo fue olvidado, y como aquel pianista del océano, había vivido algo que hace tiempo acabo en cada rincón del barco. Después de explotar la dinamita de ese barco solo quedaron unas cuantas historias que nadie lee, que quizá regalen junto con otras en verdad importantes, y solo dejen un buen sabor de boca un tiempo.
Actualmente estoy construyendo otro "barco", en mi carpeta llevo los planos, fieles a las indicaciones día a día, espero que tome la forma que imaginé.
Me preocupa quedarme sin hojas y siempre que las termino por llenar, arrancarlas y perderlas, me preocupa que no este creando un pasado del cual no recuerdo nada.
Recordando un poco lo que me trajo aquí, fue el cadáver imposible de Feinmann, y su exquisita forma de seducir, engañar y deslumbrar:
—Este hombre —dice— ha muerto en el cumplimiento de su deber. No era valiente, no era inteligente, no era muchas cosas más. Pero era, creo, un hombre bueno. Que Dios lo reciba y perdone sus pecados, que, como sus talentos, nunca fueron muchos.
